El cartel de América

La banda de Los rucios y los carepalo

poderosos enemigos de una resistencia, hasta ahora acallada,

Los peligrosos sujetos del cartel denominado “escudo americano”, declaran la guerra al mundo con los ases bajo la manga,

venden la seguridad pública babeando por bombardear y saquear territorios:

personajes siniestros de caricatura, que -pese a ser risibles por donde se les mire,
y funables por cada garabato que sale de sus fauces asquerosas, babeando de amenazas- hoy son la concreción perfecta de la estupidez humana.

Ellos creen que vomitan por todos, pues sus palabras -que son un vómito de caviar y opíparos banquetes pedófilos epstianos y schaferianos- todo lo enlodan.

Venden lo que no es suyo, avalados por sus cómplices que ocultan los millones en paraísos fiscales con ingentes construcciones de estrellas sionistas, capitalistas-libertarios de la mujer con antorcha,  fascistas besados en el anillo y en la frente como ídolos frenéticos del odio a la pobreza o niños creados con mano de guantes blancos.

Son una banda peligrosa que viste de cuello y corbata.

Cuando yo era niña, vivía aterrorizada con la idea de que alguno de ellos

apretara el botón de un teléfono negro para aniquilarnos.

Han pasado decenios y la viñeta ya está dibujada; a la banda del escudo americano,

ahora con su amiga la IA y las granjas de Bots, de tantos Cerimedos,

no le importa mostrar su juego sucio;

declarar que han sido electos democráticamente para acabar con todo a su paso

y rendir homenaje a sus predecesores en la historia,

que sí han puesto a funcionar los botones de una maquinaria de impunidad y muerte;

desde hace decenios.

Una historia que no contaba verdaderas intenciones, con subterfugios, montajes,

investigaciones copiadas y pegadas de diarios de crónica roja y falsos suicidios.

Una historia donde el terrorismo lo ejercían ellos mismos para sembrar el pánico

y recaudar monedas de oro.

McPato, el tío, es una caricatura, una alpargata, al lado del TRAMPoso de pelo naranjo y cara de payaso asesino.

Cuando yo fui joven, seguía tiritando de miedo frente a las películas de terror

y volviendo la cara para no ver el reguero de sangre que dejaban a su paso asesinos en serie.

Después supe que estaba nadando en un mar de sangre y supe que -hacia los cuatro puntos cardinales, que rodeaban a este ser soñador y pacifista- se alzaron centros de exterminio del milico traidor y sus secuaces de “La banda de la junta”.

Al lado de mi liceo operó el cuartel Lautaro, donde exterminaron a toda persona que ingresó allí.

El mocito del mamo Contreras, director de la DINA, los sapeó a todos

para liberarse de una culpa que tal vez nunca sintió y la Inteligencia Nacional se les fue a las pailas y a las cárceles de alta seguridad acomodaticia.

(Si quiere más información, trate de leer “La danza de los cuervos”)

Yo no pude terminarla, me detuve abismada, pensando en la joven embarazada que -luego de recibir golpes en el rostro con una brutalidad feroz por desquiciados agentes- fue rematada en la piscina vacía del recinto con una inyección letal por la enfermera de la muerte,

una bestia que aún pasea por algún barrio de este territorio y debe tener la apariencia de una vieja monstruosa (no puedo imaginarla de otra forma)

El dueño de la cadena de supermercados del elefante y el dueño de un canal de televisión grande

-ambos muertos por causas naturales- entregaban cheques mensuales al mamo Contreras

para financiar el negocio genocida.

74 torturadores y asesinos fueron apresados después de la delación, algunos están libres,

otros esperan que este gobierno de ultraderecha consiga, por fin,

que se acalle el ruido después de que el rucio alemán ofreciera indultarlos,

porque, ¡pobrecitos, están ancianos y enfermos, los tatitas del cartel del mamo!

Por el sur: la Villa Grimaldi, al poniente el aeródromo de Tobalaba,

Desde ahí salían los vuelos de la muerte, (recinto militar, por cierto)

A los ejecutados en los dos sitios de tortura y exterminio, los llevaron en sacos de papas,

amarrados con alambres y rieles de tren, que se conseguían en la Maestranza de San Bernardo y los lanzaron al mar.

Los lanzaron al mar…yo creo que también a la Cordillera de los Andes que tanto amo.

Marta Ugarte…su cuerpo sobre la arena, fue la voz que corrió las siniestras nubes que caían como lluvia ácida sobre los techos de fonola de la mediagua donde yo dormía. Niña triste que no sabía explicarse la tristeza.

Hay que reivindicar los espacios, recuperar aquellos ocupados por millonarios

o instituciones militares, inclusive universidades privadas y hospitales.

Debemos aprender a mirarlos con amor y no con terror, pero hoy cuando soy una mujer grande,

veo cómo están operando bajo tratados los delincuentes del mundo

para destruir nuestros horizontes, con la excusa de combatir el crimen organizado

y el narcotráfico.

La banda de los rucios tiene a muchísimos esbirros, por cierto.

La banda de los carepalo, pretende seguir bombardeando los sueños, la diferencia, la resistencia,

y, me apena decirlo, pero aquí en el mejor país de Shile, la guerra desigual nunca ha terminado

es más fría que la de los 70, pues por cada segundo que pasa, un agente, un infiltrado, un Bot, opera con armas, con drogas, con asesinatos, portonazos y reventazos
para que el títere del “Más loco” pase a la historia como lo que es:

hijo de civiles colaboradores del genocida del 73

y títere del líder del cartel de América que juró exterminar de la Tierra al pueblo de Gaza.

Edith, Septiembre 26 del 2026

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *